UNA DOCUMENTACIÓN ESENCIAL PARA CONOCER EL SÁHARA OCCIDENTAL

Carlos Ruiz Miguel

Catedrático de Derecho Constitucional

Universidad de Santiago de Compostela

 
     
     

La RASD, 29 años después. Ahmed Boukhari

Este 27 de febrero 2005 se cumplen 29 años de la proclamación del nacimiento de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD).

Fue un hecho nada común, dadas las circunstancias que rodearon dicho nacimiento derivadas de la firma de los acuerdos de Madrid y de la consiguiente invasión militar del Territorio del Sáhara Occidental por parte de Marruecos y de la Mauritania de Ould Daddah.

Treinta años casi han pasado ya desde aquel memorable hecho. El tiempo zarandea a las naciones y a los pueblos obligándoles a mostrar la solidez o no de sus convicciones, metas,principios y valores.

La nación saharaui ha sobrevivido a un entorno geográfico que se fue a lo largo de los siglos endureciendo y al choque con diferentes colonizaciones e invasiones extranjeras.

Reconocida como nación por su entorno geopolítico natural -la Organización de Estados africanos- y por otros sistemas, particularmente en Latinoamérica y el Caribe, se encuentra, tras la retirada de Mauritania, inmersa en una batalla desigual con Marruecos por afirmar su plena soberanía como nación independiente.

En esta batalla, toda la Comunidad Internacional esta implicada, desde el Comité especial de descolonización de las Naciones Unidas hasta el órgano supremo de decisión, el Consejo de Seguridad.

Tema presente en la agenda del Magreb y de la Unión Europea, el conflicto del Sáhara Occidental puede y debe ser resuelto de manera pacifica y acorde a los principios del derecho internacional que gobiernan un asunto de descolonización.

El derecho del pueblo saharaui a la libre determinación ha sido y sigue siendo el principio básico e irrenunciable para dirimir el conflicto.

Tuvimos la percepción de que el rey Hassan II , como lo acaba de reafirmar públicamente Dris Basri, había finalmente decidido ir por esa senda ya que es la solución que permite a cada parte salir airosa de la frustración real o artificial que podría acarrearle el resultado de un referéndum de autodeterminación justo y libre.

Su aceptación del Pan de arreglo, sus entrevistas con dirigentes saharauis en pleno Marruecos, y sus declaraciones publicas de «ser el primero en abrir una embajada en el Aaiun» en caso de que los saharauis eligiesen la independencia, tenían el mérito subliminal de preparar a la sociedad marroquí a aceptar las implicaciones de una solución democrática y pacífica a un conflicto que se genero por motivaciones internas particulares. Era en cierto modo la vía escogida por de Gaulle para salir del terrible atolladero que supuso la guerra de Argelia, país al que Francia consideraba «departamento o región francesa».

No fue fácil para De Gaulle. Pero no hay duda de que hubiera sido absurdo e insostenible que Francia siguiera apegada a la idea de conservar Argelia como «departamento francés».

Este calibre de liderazgo no existe hoy en Marruecos o en todo caso no ha dado todavía señales de su posible existencia. Si los líderes no llegan por si solos al camino de las grandes decisiones, el consejo de países que consideran cercanos o/y amigos puede jugar un rol significativo. John Kennedy,

Tito de Yugoslavia, aconsejaron a de Gaulle.Francia, España y Argelia están, entre otros, emplazados para jugar ese rol. Si bien no nos cabe duda alguna de que Argelia ha jugado y seguirá jugando ese papel, tenemos serias reservas, si no son certezas, sobre la predisposición actual de los otros dos países.

La Francia de Chirac sigue anclada en una visión anacrónica que data de la época de la guerra fría y de su imperio colonial, cuyos restos en África están siendo hoy sacudidos por turbulencias graves. La guerra del Sáhara Occidental, su prolongación y el actual estancamiento del proceso de paz no hubieran sido posibles sin el activo apoyo francés al empeño marroquí de anexionar un territorio ajeno, que es además Estado miembro de la Unión Africana. La posición francesa-unilateral y contraria a la legalidad internacional- la ha colocado frecuentemente en una posición inconfortable. El esfuerzo francés de lograr el inmenso mercado magrebí de la mano de Marruecos difícilmente puede cuajar y en ello radica el principal punto débil de la diplomacia gala hacia la región. El Magreb, conjunto lleno de recursos naturales, sigue estando supeditado a la resolución justa y definitiva del conflicto del Sáhara Occidental, en la medida en que, al igual que en el proceso que condujo a la Unión Europea, no puede realizarse sobre la base de conquistas territoriales y en detrimento de la legalidad internacional.

Francia esta emplazada mejor que nadie para aconsejar al actual liderazgo marroquí. Aun debiendo hacerlo no creemos, sin embargo, que lo vaya a hacer a corto plazo.

En cuanto a España, mas allá de la configuración y articulación de sus intereses respecto a al Magreb, tiene ciertamente una responsabilidad particular en la tragedia del pueblo saharaui y, por consiguiente, en el origen de la tensión e inestabilidad que siguen condicionando la situación en la región.

Irónicamente, dicha responsabilidad la coloca en una situación privilegiada para justificar un rol importante en la búsqueda de la paz, ya que esta circunstancia le otorga un valor añadido de gran peso político y moral que no tienen las demás naciones europeas.

Tenemos, sin embargo, enormes dificultades para entender a dónde se dirige la actual política exterior española respecto al conflicto del Sáhara Occidental. Los últimos encuentros hispano-saharauis no han servido para disipar esta interrogante.

Hay evidentemente un giro hacia una posición que conforta a Marruecos. Rabat no lo oculta. Dicho giro ha sido no sólo perceptible para los saharauis sino también detectado por los representantes de todos los gobiernos europeos con quienes mantenemos contactos regulares a nivel de capitales. Al calor de ello, algunos dirigentes y empresarios canarios han ido mas lejos del giro, en una visible correría guiada por los cantos de sirena marroquíes. La intención de las líneas aéreas insulares, Binter, de iniciar vuelos regulares hacia las zonas ocupadas del Sáhara Occidental conlleva una enorme carga política inamistosa si llega a llevarse a cabo.

¿Podría España dar consejos al liderazgo marroquí para encaminarse hacia un paz verdadera en el Sáhara Occidental? Es una pregunta que queda por ahora en el aire. Desde un imperativo moral, es de esperar que ello pueda tener lugar. Es del interés saharaui que tenga lugar. De otro lado, desde un enfoque basado en un frío calculo de intereses, ya de grupo, ya de Estado, podrían evidentemente caber divergencias y desencuentros con los intereses del pueblo saharaui. Ahora bien, situados en el terreno del cálculo frío, no todos los días amanece igual y quedan muchos amaneceres por delante,llenos de incertidumbres y riesgos,en los que Marruecos, la RASD,y por extensión España y Francia, no saben a ciencia cierta sobre qué paisaje va a alumbrar el sol.

El abandono de Marruecos, con el apoyo perceptible de la diplomacia española y francesa, al principio básico de la autodeterminación para intentar sustituirlo por «una solución política mutuamente aceptable sobre la base de la soberanía (sic) marroquí» no hace más que introducir un factor de enorme complicación en el proceso, afecta la credibilidad de quienes la preconizan y no tiene ninguna posibilidad de ser tomada en serio ya que ignora de plano la legalidad internacional y, entre otras cosas, la posición de países fundamentales en el devenir de la región, para quienes resulta lógicamente inaceptable que un país haga y deshaga por la fuerza las fronteras regionales heredadas de la descolonización.

La nueva posición marroquí ha conducido al actual estancamiento; un estancamiento que puede evidentemente prolongarse. No es la solución y como remedio coyuntural, puede ser más grave que la enfermedad ya que conlleva serios riesgos para las dos partes y por consiguiente para el conjunto de la región.

Cada parte tiene puntos de fuerza, pero también puntos de debilidad. Marruecos tiene problemas cada vez más urgentes. No es la primera vez que el peso resultante de la combinación del costo acumulado de una guerra colonial y del volumen creciente de demandas socio-económicas de una población numerosa provoque implosiones.

De otro lado, una situación de estancamiento podría conducir a que una unidad militar saharaui cometa un error de apreciación ante el visible rearme marroquí, incluida la instalación de radares en los muros defensivos recientemente acordados por algunos países europeos bajo el pretexto, ciertamente frágil, de la lucha contra la emigración ilegal.

O que un avión de combate marroquí cometa el error de sobrevolar posiciones prohibidas por los términos del alto el fuego. De aquí la necesidad urgente de no dejar que las cosas se pudran. La paz es posible. Una paz justa y duradera que se base en el derecho del pueblo saharaui a ser una nación libre al tiempo que deje cabida a una consideración de los potenciales intereses económicos y comerciales marroquíes en un Sáhara Occidental lleno de recursos naturales. Es la vía que encontró de Gaulle. Es aquí donde cabría la idea de la negociación y el diálogo, en el marco de la ONU, como complemento y no substituto de una solución ya existente, cual es el principio de autodeterminación. El Plan de arreglo o el Plan Baker son, respectivamente, el reflejo máximo y mínimo de dicha solución. Sería el gran paso hacia la creación del Magreb y el inicio de la llegada masiva de los productos europeos que no saben dónde venderlos o quemarlos. Para esta perspectiva es necesario un Charles de Gaulle en Marruecos. ¿Lo será Mohamed VI? Quién sabe. ¿Por qué no? En todo caso las ideas de Allal El Fasi mostraron no sólo los límites sino sobre todo el aspecto trágico, pernicioso e irracional de un delirio que nunca debió ser sacado de la caja de...Pandora.