Dicen los
saharauis que al viajero, al ausente, no se le pregunta por el tiempo que
ha estado fuera. Se le pregunta por lo que ha traído.
Cuando se vuelve de un gran o pequeño viaje, Cuando se termina la misión y
llega la hora del retorno. Cuando se regresa después de estar ausente, no
importa dónde se haya estado ni cuánto tiempo haya pasado, ni cómo uno ha
estado, ni cómo ha regresado.
Después del recibimiento de rigor, la alegría, el jolgorio y los
incontables “yac labas, yac eljer y shtari”, llega un momento muy difícil,
importante y a la vez decisivo.
Generalmente, después de unos días, alguien hace LA PREGUNTA con
mayúscula, la que realmente importa, la pregunta definitiva. Suele llegar
después de una pausa en una conversación, o después de un silencio
tedioso, de puntos suspensivos. Llega como un gancho en la boca del
estómago, que ahoga, que aturde y aunque bastante esperada, nunca deja de
sorprender.
¿Y tú… qué has traído?
La respuesta puede condenar al infierno o a la gloria. Puede elevar hasta
la cima más alta y gloriosa o abandonar en la sima más denigrante y
oscura.
El encargado de tan decisiva pregunta suele ser una persona mayor,
generalmente el padre de la familia. También pude ser el abuelo o tío, o
algún pariente varón. Las madres jamás harán semejante pregunta, porque lo
más importante para una madre es tener de nuevo a un hijo o hija cerca.
Cuando yo volví de mi viaje, después de dieciocho años, seis meses y
veinte tres días, mi padre no pudo hacerme la pregunta. ¡Qué más quisiera
yo que mi padre pudiera hacerme la dichosa pregunta! ¡Qué feliz hubiera
sido si mi padre estuviera para tan delicado momento! Un año antes de mi
partida, en una aciaga tarde de enero de 1976 dos aviones marroquíes
sembraron el terror y la desolación entre la población saharaui, que había
hecho un alto en su camino hacia el exilio. Fue en Tifariti. Aún recuerdo
el brillo de las lágrimas sobre el rostro de mi madre. ¡Han matado a
vuestro padre! gritaba, mientras intentaba abrazarnos a todos.
Mi padre se quedó en Tifariti, en medio de un rosario de piedras, abrazado
a la sombra de una acacia. Fecundando con la sangre y los huesos la tierra
que le retiene, le atrapa, le cuida y resguarda.
Tres meses después mi hermanita inauguraría, junto a muchos niños, los
cementerios del exilio. Ella tampoco podrá escuchar la pregunta ni hará
ningún viaje, salvo en la mente de sus seres queridos.
Ocurrió una de las mañanas de un agosto infernal ¡Qué calor! Yo había ido
a visitar a uno de mis tíos, hermano de mi madre, victima de la guerra.
Heridas tenía hasta en el corazón.
Desayunamos y después de tomar el té, mi tío cogió mi mano y la observó
detenidamente ¿Ya no dibujas? Preguntó como si quisiera recordarme y de
paso mostrarme que no ha olvidado la enorme bandera que dibujé sobre la
fachada blanca de su tienda y que me costó un gran disgusto.
-A veces, respondí.
-Y después de tantos años, dijo soltando mi mano, ¿Qué has conseguido?
¿Qué has hecho? ¿Qué nos has traído?
Eran tres preguntas bastante parecidas y que supongo quería preguntar lo
mismo, sin embargo en la tercera pregunta, lo que en las dos primeras era
individual, iba a adquirir, además, una dimensión colectiva. Ese nos
podría significar desde mi tío y su mujer, hasta toda la familia, o
incluso toda la sociedad. Ese nos conlleva la atribución de una
responsabilidad, o de una deuda que hay que pagar.
- La licenciatura en Filología Inglesa, contesté y una maleta de libros,
añadí, aunque mi tío, y viniendo yo de Cuba, no se refería a nada
material, yo apelaba a su sentido del humor.
- ¿Y eso para qué sirve?, preguntó sin ninguna reacción, y menos la que yo
buscaba.
- Puedo enseñar la lengua inglesa o hacer traducciones…
- ¡Dieciocho años y tan lejos ¿Sólo para esto…?! ¡Pero si hasta en el doce
se enseña eso!
Me quedé en silencio, hundido, cabizbajo…
- ¿Por lo menos sabrás conducir un coche?
- No, dije con un hilo de voz casi imperceptible.
- ¡Trae la radio, le dijo a su mujer, a ver si mi sobrino te la arregla! O
no, mejor déjala, que lo más seguro es que no sabe…
- No sé, dije moviendo la cabeza.
- Dieciocho años y no has aprendido nada importante… Espero que no se te
haya olvidado cómo rezar, hijo.
Para mi tío, yo había perdido el tiempo. Se levantó y salió de la jaima
arrastrando sus heridas y la decepción por la frustración de una más de
muchas expectativas.
Curiosamente la misma respuesta que para algunos es una insignificante
menudencia, para otros tiene tal relevancia que sube la moral, la
autoestima. Pero, quizás, lo más importante sea que a uno le hagan la
pregunta, porque el viaje ya no se lo quita nadie y a veces es más
importante lo que dejas, que lo que puedas traer.
Sin embargo hay viajes y viajes…
Hace treinta y tantos años que estamos volviendo al extranjero. Vamos
yendo y volviendo al extranjero. Sitios amables, cálidos, hospitalarios,
pero definitivamente extraños.
Siempre estamos volviendo, aunque a veces no a los sitios que queremos.
Volvemos a donde podemos, a donde nos dejan. Tengo ganas, muchas ganas de
volver, por ejemplo a Amgala y encontrar a mi madre moliendo trigo tostado
o meciendo su enorme odre de leche de cabra.
Pero no puedo. Amgala está prisionera, o desaparecida, o tal vez muerta,
asesinada. Mi madre en un campamento de refugiados, olvidada, abandonada,
traicionada, lejos de Amgala, lejos del Sáhara, lejos de su vida.
Como Amgala, cientos de pueblos y ciudades y como mi madre, miles de
madres.
Un pueblo entero espera retornar a su tierra, a su casa. Espera la vuelta
para encontrarse con su pasado y su presente. Un pueblo entero quiere
regresar del viaje al que fue condenado. Volver para encontrarse con sus
abuelos, sus padres, sus hermanos, sus hijos, sus nietos, y espera, con
ansiedad, escuchar la famosa pregunta y poder responder con orgullo y sin
vacilar ¡LA LIBERTAD!