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El camión de coco
-Allí
viene, allí viene un camión de coco,
gritó un muchacho que estaba fuera, en la
carretera de asfalto que franquea la ESBEC [1] por el
lado izquierdo en dirección a Gerona. La voz alcanzó el sótano de los
dormitorios más cercanos donde un grupo de niños interrumpió una pelea entre
dos compañeros de clase incitada por varios amigos del más fuerte de ellos y
se precipitaron hacia la carretera. La llamada alcanzó a los que merodeaban
por los alrededores de la cocina buscando algo que llevarse a la boca para
aplacar su insaciable hambre de dromedarios. La noticia también alcanzó a
los que estaban sentados en el pasillo central escuchando los chistes del
encargado de la turbina y a dos que jugaban con embadurnar sus botas de
tierra y deslizarse por el pasillo que hacía poco tiempo se terminó de
limpiar.
Yo andaba buscando una pelota de béisbol hecha de harapos en las áreas
verdes del lado de las canchas deportivas que se me había perdido el día
anterior y atrajo mi atención un muchacho que se deslizó precipitadamente
agarrado al pararrayos desde el techo del edificio hasta el suelo. Fui
corriendo adonde se dirigió el chaval sin saber hacia dónde iba y cuando
alcancé el final del edificio justo en aquél momento el camión asomaba su
arrugado morro azul frente a la escuela. Y como quien conoce perfectamente
el camino paró delante de la cocina de la escuela. Tocó el claxon. La puerta
roja de madera se abrió y salió un hombre vestido de blanco, alto y huesudo.
Sonrió con un cigarrillo en su boca postiza. Era el jefe de cocina, Héctor.
Sin mediar palabra lanzó una mirada en dirección al contenido del camión.
- ¿Qué hago yo con un camión de coco?, preguntó Héctor.
El conductor sentado todavía en su asiento llenaba unos papeles.
- Descárgalo por allí entre las matas, que los chicos les gusta comerlo por
allí.
El chófer lo miró extrañado.
- Sí, sí, lo comen por allí, como siempre hacemos cuando viene el camión del
melón - se excusó el cocinero para evadirse de una pesada faena en la
cocina.
El conductor movió los hombros resignado, llevó su mano a la oreja derecha y
sacó un cigarrillo Popular regado por el tibio sudor de su pelo y el
cartílago de su enorme oreja. Lo encendió. Extendió un papel y lápiz a
Héctor y este firmó la entrega. Arrancó y salió en dirección al campo, tomó
la ruta de un camino estrecho de terraplén que conducía a la selva, pero no
se alejó más allá de trescientos metros y paró el motor.
Como un batallón de niños corríamos tras el camión todos excitados y felices
por llegar entre los primeros. En pocos minutos se formaron grupos y cada
grupo ayudó a un chico o dos a trepar encima del camión para que les tirasen
los cocos. Todo lo que fuera posible reunir, aún sin saber cómo los iban a
abrir sin machetes ni cuchillos.
Llegué solo y no vi a ningún amigo ni tuve la suficiente sagacidad para
juntarme con alguno de los grupos que ya se habían formado. Permanecí abajo
vociferando a ver si alguno de los que ya estaban arriba me facilitase un
coco. Los minutos pasaban y el contenido del camión se iba agotando. Y si al
principio pensaba llevarme cuatro o cinco ahora ya me conformaba con un
coco, solamente uno.
Una lluvia de cocos era lanzada desde el camión, en su mayoría era atrapada
en el aire por la masa de improvisados porteros, sobre todo por la pandilla
de chavales que hacía pocos minutos animaban una pelea debajo del sótano y
yo los veía ávidos, seguían acumulando más y más. En pocos minutos habían
apilado una montaña y lo celebraban con júbilo. Quizá sería mejor subir al
camión, pensé, al constatar que nadie me iba hacer caso en medio de aquél
caos de gritos y aluvión de cocos. Pero si subía perdería tiempo y a lo
mejor cuando llegara habría terminado, mientras estaba sumido en mis
especulaciones un coco aterrizó encima de mi cabeza, sentí cómo un dolor
agudo en forma de onda surcaba mi cráneo de arriba hacia abajo e impactaba
en mis dientes como una sólida explosión.
Desequilibrado avancé unos pasos hacia delante y otros hacia atrás como un
borracho. Miré hacia arriba para ver quién ha sido. Los rayos del sol me
cegaron y no pude adivinar si alguien se reía o encubría su fechoría. Me
alejé del camión, el alboroto seguía y también la recogida hasta que se
vació el camión. El conductor arrancó y se fue.
Se me quitaron las ganas de comer coco, por lo menos aquél día. Salí de allí
con un nudo en la garganta. Triste y lleno de rabia. Tenía ganas de llorar
por el golpe, por haber llegado entre los primeros y no saborear nada, por
la impotencia de no saber quién fue el hijo de puta que me dejó consternado
con aquél golpe y sin coco.
Limam Boisha
[1]
ESBEC: Escuela Secundaria Básica en el Campo (Isla de la Juventud, Cuba)
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