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Un día sin papeles
Del número de otoño de
la revista
Ariadna R-C
Querida Familia:
Esta noche quiero escribir para vosotros, y en cierto modo también para mí,
como decía Sinhué, el Egipcio. Recuerdo todavía, la primera vez que leí
aquella frase al principio de la novela: “Quiero escribir para mí”, y
confieso que me resultó algo extraña, dudosa, aunque en el fondo sentía que
guardaba cierta sugestión.
Desde las infinitas esquinas de este silencio que reposa a mi lado, la frase
adquiere un singular significado, adquiere otra connotación, se vuelve una
necesidad, que a mí me gusta compartir, no como una terapia de grupo, sino
como una relajante charla alrededor de una ceremonia de té.
Miro desde el cristal y veo parte del rostro de la ciudad. Desde su oscura
garganta escribo. No hay paisaje que se pueda vislumbrar, sólo se ven
paredes blancas y artificiales, sin espíritu, ni tiempo, sin identidad.
A veces, por la mañana cuando bajo al trabajo, extraño la inmensidad del
Sáhara, el nacimiento de un día, el alegre sol que se engendra – casi
siempre- con la complicidad de un Corazón de piedra rebosante de vida.
Extraño aquella indescriptible imagen de la Badía, mi amada Tiris. Unas
simples gotas de agua caídas del cielo, para un nómada saharaui pueden ser
sinónimo de felicidad; creo que la felicidad puede estar en el lugar donde
quisiéramos colocarla.
Y yo ese otro nómada, aunque elegí estar aquí, les envidio. Soy nómada de
otra estirpe, de otro tiempo, voy peregrinando entre estaciones que me
antojan sin nombre, con algún documento ya caducado. Ando entre papeles
mojados e interrogantes de una provisionalidad que se pierde entre
diferentes exilios.
La vida en el desierto fértil ahora no es más que nostalgia, un sueño
despierto y fugaz, un sueño ilusorio, mientras que la realidad actual tiene
otro rostro en el cual me veo y sobrevivo. No es más que la realidad de un
mundo hostil, azotado por la demolición del espíritu. Un mundo que se
edifica cada vez más sobre los cimientos de los spot publicitarios.
Hoy, como casi todos los días me levanté a las seis de la mañana, preparé mi
comida y coloqué todo en la mochila y bajé con la esperanza de trabajar.
Nadie tiene garantizado el billete, el viaje diario hacia los campos de la
explotación.
La furgoneta llegó puntual y nos llevó hacia el bar “Andalucía”. Alrededor
de treinta sin papeles esperaban allí la llegada del encargado. Casi todos
los indocumentados estarían dispuestos a todo con tal de trabajar. Y subir
en una de las furgonetas es el primer peldaño de una cadena de obstáculos,
por no decir calamidades, para la supervivencia.
Una hora después llegó Darío, el temido y adulado encargado, y sin mediar
palabra, ni saludo empezó a señalar con su omnipresente dedo índice a los
“privilegiados”: “tú, tú y tú...”...Saltaba a algunos y volvía a señalar a
otros.
La selección fue penosa, y muchos volvieron cabizbajos a sus chabolas, los
afortunados a sus pisos alquilados. Acostumbrado a quedar en tierra, aprendí
a sobrevivir: esconderme dentro de la furgoneta, sin ser visto. Muchas veces
el control no es muy riguroso. Generalmente el encargado le da prioridad a
los más fuertes a “los máquinas” a “los balas”. Hoy, como otras veces me
colé sin ser visto. Salimos de Lorca en dirección Almería, a Vélez Rubio. El
viaje fue largo, porque la furgoneta era un cacharro viejo y avanzaba a
pasos de tortuga, casi todo el trayecto íbamos subiendo por una interminable
cuesta. El paisaje era una cadena de montañas agrestes. Enormes espacios
inermes, gigantescos cuerpos deshidratados, sólo de vez en cuando aparecían
algunas plantaciones, y pequeños pueblos incrustados como dulces heridas en
las montañas.
Llegamos a una finca, situada entre Chirivel y Vélez Rubio. Enorme finca,
asentada sobre una gran elevación. Había mucho frío, probablemente
estaríamos a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar. Nadie esperaba esas
temperaturas bajas en medio de una semana calurosa.
Cuando empezamos a trabajar nos comunicaron que había poco que sembrar, y
estaríamos sólo hasta las dos de la tarde, aunque toda la finca estaba
acondicionada para la siembra, sólo había siete carriles de metal llenos con
bandejas de plantas de brócoli, recién traídos de los viveros.
Con la expectativa de terminar a las dos de la tarde, había que tratar de
hacer a destajo el jornal del día: ocho horas. El aire fresco soplaba y
consigo levantaba arena que estorbaba nuestro trabajo o en el peor de los
casos se colaba en los ojos. Cada bandeja llevaba 165 semillas y había que
regarlas sobre el bancal y volver por el mismo trayecto a sembrarlas con la
ayuda de un pincho de metal. Cada vez que uno concluía con una bandeja la
marcaba con lápiz tinta, y la dejaba abandonada, para recogerla al final de
la jornada. A veces ocurrían disputas que desembocaban en amenazas, robos o
peleas, por culpa de una misma marca, o un mismo nombre, etc. La jornada se
pasaba más tiempo agachado que de pie. Y era especialmente duro estar horas
y horas con el cuerpo encorvado, los ojos inyectados de sangre, y la espalda
anestesiada. La sangre no circula por esa zona y cuando intentas levantarte
es como si te hubieran colocado un saco de cemento encima. Sólo una
increíble voluntad te permite seguir, en mi caso es por ayudarles a
vosotros, y por favor no le expliquen nada de eso a mamá. Todo lo que
soporto aquí es para que vivan de la manera más digna, especialmente lo hago
por ella. Cuiden mucho de ella ahora que es hipertensa.
Las semillas de este brócoli están fatales, parecen recién sacadas de un
frigorífico y son demasiado pequeñas. Trato de sacarlas o arrancarlas y sólo
vienen las hojas, en el hueco de la bandeja se queda pegada la raíz. “Hay
que golpear la parte trasera de la bandeja con el pincho, salen más fácil –
grita la encargada que nos ha tocado hoy- sembrar entre los huecos, meter la
planta al fondo”- vuelve a recalcar, una y otra vez.
Algunos espabilados ya han terminado dos o tres bandejas, y van corriendo en
busca de más, mientras que otros como yo a duras penas intentábamos terminar
la primera. Nadie hablaba, todos inmersos en su labor. La encargada
supervisaba a conciencia para que todo se haga de la mejor manera. Al mínimo
error te eliminaba el precio de una bandeja, y sólo el que ha trabajado allí
sabe cuánto esfuerzo cuesta sembrarla., y sobre todo cuando es una tierra
dura y pedregosa como esta maldita finca.
Cuando ya eran las dos de la tarde y empezamos a recoger nuestras bandejas,
la encargada nos comunicó que por el camino venía un camión, y traía más
plantas de brócoli para sembrar. Había derrochado toda mi energía y mis
esfuerzos en función de que íbamos a acabar a las dos de la tarde, y ahora
ella nos viene con otra historia.
Teníamos una hora para descansar, – que era bien poco para este tipo de
trabajos- comer, estirarse las piernas, y relajar un rato la magullada
espalda.
A las tres de la tarde volví al trabajo decepcionado y me sentía
descaradamente engañado., y eso me hizo cansarme más. Durante las cuatro
horas sólo puede hacer el precio de dos horas.
Al atardecer abrieron las mangueras de agua, y entre los bancales que
sembrábamos entró agua a raudales. Se formaron pequeños charcos, y aquello
parecía un pantano. El lodo nos hundía los pies dificultando nuestros
movimientos. Cuando sacaba un pie el otro se quedaba atrapado. Con el pincho
intentaba quitar el barro de las botas, pero al hacerlo mis manos se
embarraban, y era todavía más complicado sembrar el brócoli. De nuevo
intentaba avanzar en el lodazal y los pies volvían a hundirse en el barro.
El fuerte viento seguía sin cesar, a veces aligeraba y otras en cambio se
intensificaba. La temperatura iba bajando y el frío ya calaba en los huesos.
El sol se desplomó detrás de las agrestes montañas. La jornada había
terminado.
Volví a casa destrozado, roto. Me duché y me sentí otra persona que renacía
del barro de la miseria diaria.
© Liman Boicha.
Nació en el Sáhara Occidental en 1972. A los diez años fue a estudiar a
Cuba, donde estuve trece años, hasta acabar sus estudios de Periodismo. A su
vuelta a los campos de refugiados saharauis estuvo trabajando durante cuatro
años en la Radio Nacional Saharaui. Desde 1999 vive en España y ha
participado en las antologías de poesía saharaui contemporánea “Añoranza”
(Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de las Islas Baleares, 2002), “Bubisher”.
(Editorial Puentepalo. Las Palmas de Gran Canaria, 2003) y “Aaiun, gritando
lo que se siente” (Universidad Autónoma de Madrid, 2006). La editorial
Puentepalo de Las Palmas publicó en 2003 su poemario “Los versos de la
madera”. En julio de 2005 participó en el Congreso de la "Generación de la
Amistad saharaui", de la que es miembro fundador.
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