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La amarga noticia
Conmigo compartió momentos de alegría, los
dos juntos cogíamos todos los zapatos que habían frente a la jaima y nos
poníamos a ordenarlos de uno en uno, luego hacíamos un enorme circulo de
arena mientras nuestros abuelos bebían té tranquilamente y charlaban con los
huéspedes, cuando era la hora del mediodía corríamos y nos subíamos los dos
sobre la espalda del abuelo mientras los visitantes perplejos le preguntaban
por nosotros y él decía “son mis nietos y pueden jugar sobre mi espalda”. Mi
hermano siempre me disputó la pelota, los cuadernos, los lápices y hasta la
merienda del colegio; y cuando yo lloraba por algún juguete o alguna ropa
que quería que mi padre me comprara él también se ponía a llorar, intentó
imitarme prácticamente en todo pero a pesar de nuestras diferencias
pasábamos horas y horas jugando a recolectar piedras preciosas del desierto,
al escondite o a tirar piedras con un tirachinas.
Una mañana mi padre me dijo tu hermano se ha marchado a la badia con sus
abuelos y tú te quedarás conmigo y cuidarás de nosotros y estudiarás; cuando
supe la noticia me invadió una enorme tristeza y empecé a pensar en los
chicos de mi colegio y con quién podía compartir los juegos y secretos, pero
sabía que la ausencia de mis abuelos iba a dejar en mi una profunda huella
porque yo crecí pensando que eran mis padres y a su alrededor hacía y
deshacía sin que nadie absolutamente me llamara la atención, por lo tanto
pensé que todo aquello estaba hecho para separarme de ellos y no quise
aceptar la nueva situación y me revelé contra todo el mundo diciéndoles que
era inaceptable la separación.
De Dajla nos marchamos a Nuadibu norte de Mauritania cuando se firmó la paz
por este país con el Frente Polisario, huíamos del ejército marroquí que
venía avanzando desde el norte para ocupar la ciudad. Cuando llegamos había
unas enormes dunas al norte donde pastaban muchas cabras, nuestro objetivo
era ir a los campamentos de refugiados en Argelia, pero yo pensaba que
íbamos a la badia, en esta ciudad estuvimos cerca de dos meses esperando
contactar con los guerrilleros; una mañana mi padre me cogió del brazo y me
dijo “hijo prepárate que la travesía será larga por el desierto y tienes que
aguantar bien el viaje si quieres reunirte con tus abuelos y tu hermano”.
Cuando escuché aquellas palabras no imaginé que el viaje escondía muchos
riesgos y teníamos que enfrentarnos a muchos peligros atravesando todo el
Sahara Occidental hasta la Hamada argelina. A media mañana nos subimos en un
camión particular varias familias saharauis, todas de la parte sur del
Sahara recién abandonada por Mauritania, en medio del polvo y el calor, el
desierto parecía un lugar extraño y las miradas de la gente reflejaban
cierta tensión y tristeza pero yo estaba totalmente perdido y no entendía
nada de lo que sucedía la única esperanza que me quedaba era la mirada de
una niña que recuerdo de mi colegio. Con ella intentaba jugar y preguntarle
por todos las calles en que alguna vez corrimos cada uno con su respectiva
pandilla. A lo lejos empezamos a ver los Land Rover de los guerrilleros
aproximarse a nosotros, lo que cambió el estado de ánimo de la gente,
quienes comenzaron a decir “ya vienen quienes nos van a salvar la vida y
llevarnos al lugar donde han ido nuestras familias”.
El encuentro con los guerrilleros fue emocionante, recuerdo que a mi madre
se le saltaron las lágrimas mientras mi padre les daba noticias sobre la
situación de los demás saharauis que se quedaron atrapados en el cerco que
hizo el ejercito marroquí sobre la ciudad de Dajla. Subimos todos en los
coches y dejamos aquel camión a la sombra de un montón de acacias y
nosotros, a toda velocidad, nos dirigimos hacia el norte acompañados de dos
coches patrulla del ejército saharaui que iban informando a la caravana
sobre el posible movimiento de tropas terrestres y aviones. Cuando
llegábamos a zonas con mucha vegetación y montañas decidían acampar para que
todos pudiéramos comer algo y reponer fuerzas después de esa cantidad de
kilómetros que hacíamos cada día. En Ain Bintili la aviación de Marruecos
hizo un vuelo de reconocimiento para poder ubicar el lugar en el que
estábamos, lo que obligó a los guerrilleros evacuar rápidamente y emprender
el viaje hacia Rabuni ante el temor a un bombardeo.
Por la mañana me levanté extrañado del silencio de la gente observando una
interminable cordillera de colinas en la que no se veía ni un solo arbusto,
todo era estéril y pedregoso, aquella tierra no nos conocía ni nos sentía,
nosotros éramos unos desconocidos en territorio ajeno y el único ruido era
el sonido del motor o el vaivén de la gente y el equipaje encima de los
vehículos. A partir de allí nos convertimos en refugiados peregrinos
confundidos por la historia y los acontecimientos, la única alegría que me
quedó en el corazón fue cuando vi a mi abuelo frente a la jaima en el
campamento de Dajla y con él a mi hermano, agarrado como siempre a su
espalda susurrándole sus travesuras.
Ali Salem Iselmu.
Generación de la Amistad
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